viernes, 22 de noviembre de 2013

Compartir celdas

En mi barrio, la lluvia cala los huesos y oxida la chatarra.

Un hombre negro con el impermeable del capitan pescanova, arrastra un carrito de sobras apocalípticas, lo miro fijamente, leo en sus ojos el cansacio, la desilusión, el frío, los calcetines mojados, los cuatro pavos para comprar pan y arroz, con un poco de suerte, le da pa un pollo tan escuchimizao, que no merece la pena ni trocearse.

Me meto dentro de sus pulmeones, respiro su miseria, la mía con la suya y le asiento, y me asiente, compartimos celdas.

Paso por una plaza, hay otro negro, sentado al filo de un banco de piedra, detrás suya, una mochila de montaña, me mira, lo miro, su cara me habla de continúo tránsito, desierto de esperanza, sed en el paraíso, nada es lo que pensaba.

Le asiento, me asiente, compartimos celdas.

Sigo y una mujer en la esquina cruza los brazos, sus comisuras están caídas, los labios pintados, no tiene ganas de trabajar, la única sugerencia que desprende es su propio hastio. Día malo para el negocio.

La miro, me mira y nos asentimos, compartimos celdas.

Bajo, y en la bocacalle de mi calle, dos camáras vigilan todos los días.

Las miro, me miran, pero la única que asiente soy yo, esta vez, no comparto celda.

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